Cocinar en familia, corazón del hogar

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“La cocina hogareña logra algo que la alta cocina no logra: crear el corazón dentro del hogar”  Juez Rosemary Shrager

 

Contrario a lo que podría creerse, no soy afecta a los reality shows sobre cocineros. Sin embargo, desde que Netflix llegó a nuestras vidas, disfruto de los documentales gastronómicos y las series que recrean el estilo de vida o las costumbres de mesa, tipo Downton Abbey, la bellísima y multi premiada serie británica que narra la vida de los integrantes de una familia aristócrata y su relación con la servidumbre, en las primeras décadas del siglo XX.

Buscando nuevas series qué devorar, di con “The big family cooking showdown”, un reality producido y estrenado el verano pasado por la BBC en el que familias comunes -británicas e inmigrantes-, integradas por cocineros amateur o amantes de la cocina, compiten entre sí preparando platillos tradicionales con un toque especial.

Desde el primer capítulo (12 en total) nuevamente caí rendida ante el impecable estilo británico de hacer series. A lo mejor fue porque la narrativa de este concurso dista mucho de la usual en los programas del tipo. El reto de “The big family cooking showdown” va más allá de la cocina.

Ante todo, debo mencionar que todos los concursantes son personas que disfrutan de comer y cocinar juntas. De hecho, en su auto presentación, todas las familias confiesan que su vida gira en torno a la comida, sea ordinaria o festiva. Todas tienen un platillo favorito para los domingos, para las fiestas o para la cena.

El aspecto que me parece más interesante acerca del reto que enfrentan las familias concursantes, es que éstas además de saber cocinar bien con nuevas propuestas y en un tiempo determinado, deben “hacer equipo”, lo cual implica tener una buena comunicación intrafamiliar a pesar de los roles.

De hecho, resulta muy divertido que -en cada entrega- los jueces y las presentadoras chismean entre sí sobre cómo el trabajo en equipo de cada familia mientras compite cocinando, refleja su propia dinámica familiar, los estereotipos y el papel que cada uno de sus integrantes juega en ella. Así por ejemplo, en el desafío de preparar un postre emblemático siguiendo al pie de la letra su receta, tras probar y calificar como “fabulosa” la Tarta Bakewell cocinada por la familia Boyes, uno de los jueces sentencia: “Me queda claro que como familia, ustedes funcionan muy bien, con disciplina”.

Por otra parte, el programa muestra claramente la composición diversa y multicultural de la sociedad británica. Vemos equipos formados por familias inglesas de clase media o clase media alta, pero también por familias de inmigrantes sirios, italianos o caribeños de todos los niveles. Un padre de origen italiano que trabaja como mesero, asiste al show con su esposa y única hija adolescente. En otro caso, otra adolescente repostera amateur cocina con su padre y el novio de éste (los Boyes).  Durante la competencia, los británicos no cocinan solamente estofados, pasteles Wellington o pays, también preparan platillos árabes y mexicanos. Y los árabes, otorgan toques especiados a los platos británicos “tradicionales”.

Uno de los integrantes de la familia Herbert -de tradición panadera y una de las más british en el show-  comenta en uno de los episodios, algo que la mía propia podría declarar : “En nuestra familia no se juzga el éxito, sino la calidad de tu comida”. Frase imperdible que atesoraré por siempre.

 En los preliminares de la competencia, cada episodio presenta a dos familias enfrentadas entre sí a través de tres desafíos diferentes. El primero de ellos es preparar una comida con presupuesto limitado (sólo 10 libras). El segundo, elaborar su platillo familiar favorito, en su propia cocina y el tercero, hacer un plato tradicional o de ocasión dictado por los jueces en el set oficial del show. Al final del capítulo, se elige a la familia ganadora para la siguiente ronda. Después vienen los episodios de la semifinal y la gran final.

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Lo maravilloso de haber visto esta serie -recién estrenada en Netflix y cuyo capítulo final se transmitió apenas el 2 de noviembre en la Gran Bretaña-, es que aprendí sobre la cocina clásica británica y sus ritos. Aunque también salivé horrores con los currys que prepararon las familias de origen asiático.

Para antojarlos de probadita, les describo uno de los menús preparados en la serie: “Curry de coliflor y papa con arroz”.

Especialmente quedé convidada a preparar  varios de los postres presentados en el show, algunos perfectos para las próximas fiestas navideñas.

Uno de ellos es el Posset, consistente en una crema suave o cuajada de leche. De origen medieval, originalmente este postre era sólo una leche caliente con algo de alcohol y especias que se servía durante la época invernal o como remedio para aliviar resfriados. Actualmente, el Posset se elabora con crema de leche y se sirve frío, como un pudding; en lugar de alcohol, lleva jugo de limón.  Va acompañado de una compota de frutas y galletitas.

En el show, una de las familias finalistas lo prepara en su primer desafío bajo la categoría de los alimentos de bajo presupuesto, presentado como “Posset de mango y cardamomo”.  Sencillo, rápido y elegante. Aquí les dejo una video receta propuesta por la chef Abby Moule. http://www.foodnetwork.co.uk/recipes/lemon-posset.html

Mermelada de tomate

El verano pasado me inicié en la elaboración de mermeladas. Todo empezó con el deseo de “enfrascar” las frutas de la temporada. Frambuesas e higos fueron las primeras que envasé.

Desde entonces he preparado distintas conservas de frutas, combinadas o con especies. La más exitosa ha sido la de guayaba con jengibre.

Hace semanas que tenía “clavada la espina” de preparar esta mermelada de tomate, ya que hace muchísimos años me regalaron una y mi memoria guardó un recuerdo agradable e intenso de su sabor.

Así que, para replicarla, elegí una receta de del chef pastelero y reconocido blogero David Leibovitz, la que él dice, es su mermelada casera favorita.

El sabor es inesperado porque la acidez propia del tomate no sólo no se pierde con el azúcar, sino que le confiere equilibrio y hasta una nota picante.

La receta original de Levobitz únicamente lleva pimienta negra., pero yo quise añadir las especies para darle un toque cálido y festivo.

Esta mermelada de tomate va muy bien untada sobre quesos maduros, o sobre un pan de centeno o ciabbata.

Es de esas preparaciones sencillas y de bajo costo con las que podemos sorprender y agasajar a nuestros invitados. Pruébenla. No se arrepentirán.

Ingredientes:

-1 kilo de tomates maduros y firmes

-2 tazas de azúcar

-Jugo de 1/2 limón

-Pizca de sal

-Canela, nuez moscada y clavo en polvo.

Procedimiento:

Escalfar los tomates. Retirar piel.

Partir cada uno en 4. Retirar semillas y pulpa, sin descartarlas.

Trocear los tomates en cuadros finos y Colocar en un bowl con el azúcar. Dejar reposar hasta que el azúcar se vuelva un jugo con la fruta.

Moler pulpa y semillas en modo puré y Pasar por colador para descartar semillas. Reservar.

Poner al fuego los tomates en el azúcar junto con el puré y el resto de los ingredientes.

Dejar cocinar a fuego medio , revolviendo cada tanto con pala de madera hasta lograr consistencia de mermelada. Aproximadamente una hora.

Envasar y disfrutar.

Además de fácil, está mermelada es un excelente regalo de Navidad.

Huitlacoche, la trufa de Tlàloc.

Quesadilla azul con huitlacoche y queso de cabra


La “trufa mexicana”, que sabe y huele a tierra, considerada en el resto del mundo como plaga, es para nosotros un manjar de los dioses que gozamos desde la época prehispánica, cuando los antiguos mexicanos hacían ofrendas a Tláloc en pos de una buena temporada de lluvias.
“Ustilago maydis”, el nombre científico del hongo que crece entre los granos del maíz e impide el crecimiento de la mazorca, conocido popularmente como Huitlacoche, está ahora en su mejor momento gracias a la humedad propia de la estación.

De julio a septiembre, los granos deformes del maíz, enormes y cubiertos de moho negro, aparecen de manera estelar en mercados o tianguis para ser preparados tanto como antojo de media mañana que como plato principal en cena de gala; como relleno de quesadillas callejeras o como salsa “afrancesada” para acompañar un buen corte de carne.

Recuerdo perfecto la primera vez que mis papilas sintieron su textura sedosa y su intenso sabor terroso. Fue en un puesto de garnachas de Coyoacán. Tendría unos 12 años, pero su exquisitez se quedó conmigo para siempre.

En diciembre pasado un primo salvadoreño vino a México por primera vez. Él probó de todo en fondas y restaurantes de nivel medio y altos vuelos. Cuando le pregunté qué era lo que más le había gustado, sin pensarlo ni un segundo me dijo: “Una quesadilla de maíz azul rellena con un hongo negro y salsa verde” que probé en una esquina del centro”.

Con un sentimiento de empatía y orgullo por su buen gusto, recordé cuánto he disfrutado yo de ese antojo callejero en el puesto de Doña Rosa, en la esquina de Avenida Coyoacán y Torres Adalid.

También guardo con mucho afecto culinario el recuerdo del delicioso “Omelette relleno de huitlacoche con salsa de elote y rajas de poblano” que sirven en el Marie Callender’s, frente al Parque Hundido. O la emblemática entrada en el menú de la Hacienda de los Morales llamada “Crepas mixtas de flor de calabaza, huitlacoche y champiñones”, que bañan con una salsa de poblano y queso gratinado. En otras palabras, el mismísimo cielo.

Enrique Olvera, el rockstar de nuestra gastronomía, también sirvió en su afamado Pujol un “Tamal de huitlacoche con espuma tibia de quesillo”.

Martha Chapa, propietaria del también reconocido Dulce Patria (rankeado en el lugar 9 de los 50 Best en América Latina), sirve ahí una versión moderna y gourmet del guisado de la calle: “Quesadillas oscuras de huitlacoche con queso de cabra, piñones y salsa de habanero negro”. (https://marthaortiz.mx/sabores-de-cuento/quesadillas-oscuras-de-huitlacoche-con-queso-de-cabra-pinones-tostados-y-salsa-de-habanero-negro)

El restaurante Zanaya del precioso hotel Four Seasons, sobre Reforma, cuenta con un plato insignia llamado “Milpa Omelete”, relleno con flores de calabaza, huitlacoche y queso manchego.

Ave María, en el Jardín Centenario, ofrece una deliciosa y jugosa “Pechuga de pollo rellena de huitlacoche”, experiencia sibarita “coyoacanense” que debe coronarse con un helado de guanábana de La Siberia.

Como soy antojadiza, en cuanto empezaron las lluvias consulté una de mis Biblias, “La cocina mexicana y su arte”, de Martha Chapa, donde aparece su receta de “Lomo en salsa de huitlacoche”, preparada con chiles pasilla, vinagre y bolillo.

Para agradecer a Tlaloc sus delicias, este sábado mi persona favorita y yo prepararemos el lomo de la icónica pintora y brindaremos con una variedad de vinos mexicanos que combinan perfecto con “nuestra trufa”.


Por recomendación de la sommelier Wendoline del Río de Envinarte, empezaremos nuestro maridaje con el “Rosa Patria”, un vino rosado y seco 100% Zinfandel de Bodega Patria, que por su ligero toque amargo va perfecto con el platillo.

Después, afianzaremos el gozo con un tinto de nombre “Cabernillo”, originario del Valle de Guadalupe, con notas de frutas negras y maduras, y dulces como la vainilla y la canela. (380 pesos). 

Será una fiesta prehispánica contemporánea.

Adiós, mi dulce Waldorf Astoria

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Desde el pasado 1 de marzo, el emblemático Waldorf Astoria de Nueva York cerró “temporalmente” sus puertas, dejando atrás toda una época llena de glamour, esplendor y nostalgia, no sólo para los estadounidenses sino para todos los ciudadanos del mundo, románticos y cursis que, como yo, un día lo incluyeron en su “lista de lugares que visitar antes de morir”.

El famoso hotel, situado en el 301 de Park Avenue, en Manhattan, cuya fachada e interiores fue escenario y locación de películas como el “El gran Gatsby”, “Hanna y sus hermanas”, “Perfume de mujer” y “Mucama en Nueva York”, ha entrado en un proceso de remodelación y restauración que lo convertirán –dentro de unos tres años– en un hotel más pequeño y condominios de lujo.

Incluso si usted nunca puso un pie sobre los mosaicos de mármol con “La rueda de la vida” de su salón principal, de todas formas, seguro lo “conoce”, del mismo modo que “conoce” el Empire State, la Estatua de la Libertad o Central Park.

En el bellísimo edificio art decó que albergó al hotel por casi un siglo, confluyen la arquitectura, el diseño y la alta hostelería y gastronomía. Estar ahí es contemplar de golpe un cúmulo de bellas artes y tecnología que nos maravilla y asombra.

¿Cuántas historias de amor, pasión, traición, odio, política y negocios no se habrán fraguado en su hall, pasillos, tocadores y habitaciones de lujo? Estrellas de cine, gángsters, personajes de la realeza y políticos de todo el mundo hicieron de ese hotel su lugar de residencia temporal, como Marilyn Monroe durante la filmación de “La comezón del séptimo año” o el presidente Herbert Hoover. El ex presidente Bill Clinton celebró ahí su cumpleaños 50, en un acto a beneficio cuyo boleto tuvo un costo de 10 mil dólares por persona.

Parece que fue en ese hotel donde se crearon dos de los platos más conocidos de la gastronomía estadounidense: los Huevos Benedictine y la ensalada Waldorf, esta última compuesta por manzana ácida, apio, col o lechuga y nueces caramelizadas con aderezo de mayonesa casera.

Creada en las cocinas del hotel precursor al Waldorf-Astoria a fines del siglo XIX, esta sencilla ensalada ha sobrevivido a todas las épocas y modas gastronómicas al servirse aún hoy en todo el mundo, aunque con variantes como la de usar un aderezo más ligero a base de yogur o la de añadir otras semillas e ingredientes, como el queso azul. Aquí una receta que respeta la idea original del plato: www.directoalpaladar.com/recetas-de-ensaladas/ensalada-waldorf-receta.

En la famosa canción de Sinatra “You are the top” (1956) se compara a una mujer inalcanzable con lo más top como la Torre de Pisa, la sonrisa de Mona Lisa y ¡la ensalada Waldorf!

Por fortuna, antes de que los chinos cerraran el hotel tras comprarlo en 2014 y de que Trump llegara a la Casa Blanca, yo logré palomear al Waldorf-Astoria en mi lista de “lugares a conocer antes de morir” en septiembre pasado, cuando viajé a Nueva York para brindar por mi cumpleaños, justo ahí y en la contemplación absoluta de su magnificencia.

Aunque permanecí en el edificio si acaso dos horas, hacerlo significó para mí no sólo un sueño hecho realidad, sino también uno de los momentos más dulces y felices que he vivido. Llegamos al hotel al caer la tarde con la idea de tener ahí nuestra “happy hour”, antes de una función en Brodway.

Al ver nuestro aspecto latino y foráneo, un amable bar tender nos dio la bienvenida y llevó hasta nuestra mesa dejándonos la carta de bebidas y el deseo de que tuviéramos una gran experiencia Waldorf. El salón ya estaba a media luz, y de fondo sonaba una suave pieza de jazz y el murmullo de la clientela. En la mesa de al lado, tres bellas jóvenes con aspecto de modelos, vestidas de largo, tomaban tragos tipo martini en lo que parecía ser su pre copeo. Atrás, una pareja se tomaba de la mano mientras se contemplaba mutuamente sin decir palabra.

Las mujeres de mi vida y yo, ordenamos vino espumoso, vino rosado y unas rebanadas de su New York Cheesecake. Cuando llegaron las copas brindamos por mi cumple, por la vida y la fortuna de estar en un lugar tan preciado y para una ocasión única.

El cheesecake estaba tan bellamente presentado que sentí pena de hincarle el tenedor. La textura sedosa y el sabor, celestial. Lo cremoso y denso del queso pasó ágil por la boca gracias a la salsa de frutos rojos dispuesta como decoración a un lado de la rebanada.

Tras el brindis anduvimos por los pasillos, admirando los objetos detrás de las vitrinas llenas de cristal, porcelana, cubertería de plata y jarrones chinos. Después, caminamos hacia “La rueda de la vida”, el diseño circular con mosaicos de mármol –que ilustra el ciclo del nacimiento y muerte–, el mismo que dio la bienvenida a todos los visitantes y huéspedes del hotel desde 1939.

Parada al centro de la icónica obra de Louis Rigal, cerré los ojos y me hice la promesa de volver.

Para cuando pueda cumplirla, el Waldorf-Astoria ya no será más el hotel de bronce y mármol, champán y jazz que brilló con sus huéspedes VIP, pero yo tampoco seré la misma, porque así es la rueda de la vida, todo nace o se crea y vive su esplendor para luego apagarse, desaparecer o morir. Y sólo queda la leyenda.

Parece que la del Waldorf Astoria apenas empieza, pero en mi dolce álter ego vivirá por siempre el momento en que comí su dulcísimo Cheesecake Nueva York.

Melón de mi corazón 


 Las tardes calurosas, el canto matutino de los pájaros y los primeros brotes de las jacarandas nos recuerdan que ya está próxima la llegada de la primavera.Estos días en que al mediodía hemos alcanzado una temperatura de hasta 22 grados, nos vamos olvidando poco a poco de los caldos y capuccinos para dar lugar a las ensaladas y frutas.

Justo por ese calor que ya está aquí , hace unos días una amiga me compartió dos rebanadas de melón verde. A la primera mordida sentí cómo se me refrescaba hasta el alma y recordé una anécdota que viví hace muchos años y que aún llevo en el corazón.

Un mes de abril, días antes de mi primer viaje a Japón, hice un paseo familiar por Guanajuato. Llegando a Celaya, en distintos puntos de la carretera vendían costales de melón verde. Recuerdo que decidimos comprar uno pensando en la comida de celebración que tendríamos al día siguiente. Un costal con 5 o 6 melones nos costó aquel entonces sólo 20 pesos. La dulzura y frescura de su pulpa fue el postre perfecto después de nuestra parrillada.

 Dos días después de ese festejo familiar yo me encontraba en la cima de una montaña frente al mar pacífico de Japón, participando en una especie de retiro. En la cena de bienvenida, el anfitrión dijo a los extranjeros ahí presentes que esa noche nos servirían un “menú vegetariano de lujo” para celebrar nuestra llegada. No recuerdo del todo los alimentos que ofrecieron, pero sí la preciosa estética minimalista de su presentación.

 Y lo que también quedó grabado para siempre en mi corazón fue el postre: una rebanada de melón verde (con su cáscara) dispuesta sobre una blonda y un blanquísimo plato de cerámica.

 Al probarla, de inmediato recordé todas las rebanadas de melón que había disfrutado 48 horas antes en Guanajuato y no pude resistir –con todo y pena– voltear el melón del lado de la cáscara. Mi sorpresa fue mayúscula al leer en la calcomanía, aún pegada, la leyenda “Hecho en México”. De regreso en Tokio, entramos a un supermercado y al observar los precios exorbitantes de la fruta y los preciosos envoltorios en que vendían los melones, entendí por qué esa única rebanada de melón servida en la montaña había sido un alimento de “celebración”. Y recordé con tristeza a los jornaleros mexicanos a la orilla de la carretera vendiendo sus melones a 4 pesos.

 En la actualidad, un melón estándar en Japón cuesta cerca de 90 pesos. Uno importado de Corea alcanza los 130 pesos. Mientras que, en nuestro país, un kilo cuesta alrededor de 22 pesos.

 El 70% de la producción nacional de melón verde o “valenciano”, como lo conocemos, se destina a la exportación. El mayor comprador es precisamente Japón.

 Los japoneses aman y valoran mucho el melón, cuyo sabor incorporan en una amplia variedad de dulces y postres. Para entender qué tan valorado está, les platico de la costumbre llamada Ochugen (regalo de verano), que consiste en regalar algo significativo a las personas que han ayudado a lo largo del año a quien hará el obsequio. Se trata de agradecer o devolver favores a jefes, médicos de cabecera, clientes o profesores. Y es que en julio los japoneses reciben una especie de aguinaldo de medio año. Las grandes tiendas disponen mesas especiales para mostrar las opciones de Ochugen con regalos preciosamente envueltos, que van desde algo sencillo, como una lata de café gourmet hasta lo más exótico y caro como los “Melones de Kumamoto”, cuyo precio puede alcanzar unos 300 dólares. Regalar un melón de esos es más preciado que cualquiera de las delicatessen occidentales que aquí conocemos, como las trufas o el caviar; es casi como regalar una joya, semipreciosa, pero joya al fin.

 También se encuentran otros melones menos finos que vienen dentro de lindas cajas de madera con certificados de calidad, listos para regalar, cuyos precios oscilan entre los 450 y los 800 pesos. Por supuesto que se trata de especies gourmet que se cultivan bajo altísimos estándares de calidad en los que nada queda al azar. Todo está controlado para que resulte una fruta de lo más dulce, jugosa y pura.

 Aunque claro, los japoneses comunes y corrientes como usted y como yo, disfrutan en su mayoría de nuestros melones, los que llevan la etiqueta “Hecho en México” y cuestan alrededor de 150 pesos. Una nota publicada en el Excélsior el 14 de febrero da cuenta de la excelente cosecha de melones que habrá este año, muchos de ellos producidos en el municipio de La Huacana, Michoacán, desde donde se exportaron más de 7 mil toneladas a Japón y Estados Unidos el año pasado.

 Esta primavera, incorporen a su menú el melón verde #Hecho en México. 

¿Qué tal una entrada de “melón valenciano con jamón serrano”? ¿O una “granita de melón con licor de naranja” cómo está? 


 

Mesa de postres “a la mexicana”


Hace unos días asistí a una cena informal para despedir a una amiga extranjera que estuvo varios meses viviendo en la CDMX.

Mi contribución a la cena era montar una pequeña mesa de postres. Al saber que los anfitriones iban a ofrecer cazuelas de “guisados” y tacos al pastor, pensé que lo mejor seria culminar la reunión con unos postres aireados y esponjosos: pequeños bocados con mucho sabor a México.

Así que monté una mesa de postres a la mexicana con vasitos de “Mousse de cajeta al tequila”, capacillos con “Bites de pan de elote” y  unos “Merengues de coco”. Tres diferentes sabores y texturas con una característica en común: “esponjosidad”.

 

Después de cenar alimentos grasosos y picantes, hay que limpiar el paladar con postres frescos y aireados como estos.

Las recetas del “Mousse de cajeta al tequila” y el “pan de elote” pueden consultarlas aquí. Sólo tienen que cambiar la presentación a porciones pequeñas e Individuales.

En cuanto a los merengues, la receta la tomé de la página larecetade.com y es más que sencilla. Por la poca cantidad de azúcar que llevan estos merengues, no resultan tan dulces pero sí tienen un gran sabor y aroma a coco.(http://www.larecetade.com/merengues-de-coco/

Creo que lo que más gustó a los 25 invitados a la cena fue el mousse de Cajeta. Pero también escuché a algunos decir que el pan de elote estaba “en su punto”.

Y nada me hace más feliz como repostera que el hecho de ver disfrutar a los comensales mis propias creaciones. 

Si van a ofrecer una taquiza, no duden en preparar esta sencilla mesa de postres, que además, es de bajo costo.

Será un éxito.

Maridando el amor


Aunque el Día de San Valentín fue originalmente una celebración religiosa, en la actualidad el 14 de febrero es un festejo básicamente comercial en el que lo único importante es vender rosas o chocolates. No obstante, como sucede con casi todas las celebraciones (religiosas o paganas), el Día del Amor y la Amistad es un pretexto para reforzar nuestros lazos amistosos y amorosos; una oportunidad para ponernos románticos.No en balde la industria restaurantera y hotelera tiene en esta celebración uno de sus mejores días. Desde los “love hotels” que promocionan paquetes con jacuzzi y juguetes sexuales incluidos, hasta los hoteles de gran turismo que invitan a un día de spa en pareja, la oferta del amor es casi para todo tipo de relaciones, bolsillos y gustos.

Pero como a mí el amor me llega a través de la buena mesa, hoy les traigo sugerencias para una cena romántica en los mejores hoteles de la CDMX. Ya ustedes juzgarán si después del champán vale la pena saltar a una suite (espero que sí).

 Hotel St. Regis

 (http://www.starwoodhotels.com/stregis/property/dining/index.html?propertyID=1735)

 Su restaurante Diana, ofrecerá la cena “Be my Valentine”, con 6 tiempos, incluyendo un “Aguachile de Jamaica”, una “Crema de cangrejo de Campeche”, un “Robalo con vinagreta de chayote” o un “Short Ribe ahumado con salsa de pasilla y naranja” y un “Helado de piloncillo”. Sólo el 14 de febrero a las 20:00 horas. Se requiere reservación (mil 600 pesos por pareja).

 En el Glass House Café, tendrán el Ritual “Té Amo”, un servicio de té a la inglesa con variedad de Finger sándwiches, Scones con crema y mermelada, variedad de pasteles por “Dulces Besos by Paulina Abascal” y por supuesto, una tetera de Te Dammann Frérres. Disponible del 13 al 17 de febrero, de las 13:00 a las 18:00 horas (370 pesos por pareja).

 W Hotel

 (http://www.starwoodhotels.com/whotels/property/dining/index.html?propertyID=1444)

 Paquete Valentine’s Day, que incluye un menú de degustación en el reconocido restaurante español J by José Andrés; una botella de la cava y fresas con chocolate en la habitación; un baño de temazcal y una sesión de hidroterapia en el Away Spa, así como el hospedaje en una de sus habitaciones (8 mil pesos el paquete. Reservación al 559138 1800).

 JW Marriot

 (http://www.espanol.marriott.com/hotels/hotel-information/restaurant/mexjw-jw-marriott-hotel-mexico-city/)

 En su afamado restaurante Xanat se ofrecerá el Menú San Valentín, que incluye una entrada de “Carpaccio de atún con sandía y espuma de albahaca”, plato principal “Mar y Tierra”, consistente en un filete de res con salsa de hongos y oporto, y langosta con puré de ajos rostizados, espárragos glaseados y aceite de trufa blanca. Como postre, un “Souffle de chocolate con helado de fresa y pistache”. Todo irá acompañado por una selección de vinos. (950 pesos + IVA, por persona. Reservación al 5999 0066).

 María Isabel Sheraton

 (http://www.sheratonmexicocitymariaisabel.com/es/gastronomia)

 Con la inigualable vista del Ángel de la independencia como escenario, su restaurante Amici tendrá el menú Amore a la carta, inspirado en el cine romántico, con cinco tiempos (950 por persona + IVA). También pueden extender el festejo después de la cena con opción a una noche en el hotel y tomar su desayuno bufett al día siguiente (5 mil 300 pesos por pareja. Reservaciones al 5242 5500, ext. 3718).

 Le Méridien

 (http://www.lemeridienmexicocity.com/es/restaurant)

 Su restaurante francés “C’est la vie” ofrecerá un menú de comida o cena con tres tiempos y una copa de vino espumoso (999 pesos por pareja. Reservar al 5061 3033).

 The Westin Santa Fe

 (http://www.starwoodhotels.com/westin/property/dining/index.html?propertyID=3099)

 El Paquete San Valentín incluye hospedaje en una habitación Premium, una cena para dos con copas de vino espumoso en el muy de moda Market Kitchen, restaurante del chef Jean-Georges Vongerichten, un delicioso desayuno y un relajante tratamiento de pareja con aceite de champagne en el Heavenly Spa. (Disponible del 10 al 14 de febrero, 7 mil 900 pesos por pareja. Reservación al 5089 8039).  

A domicilio

 Si usted y su pareja son del tipo que prefiere quedarse en la terraza de su apartamento o en el jardín de su casa, Sabor y carácter (http://www.saborycaracter.com) propone una cena romántica con maridaje de quesos y vinos a través de diferentes asociaciones.

 De acuerdo con el experto Olivier Bert, lo recomendable es contar con dos botellas de vino de calidad (la segunda de mayor calidad que la primera, para que todo vaya en crescendo), y que sea vino blanco, pues conjuga bien con varios quesos. De éstos, sugiere unos 4 o 5 de diferentes texturas y procedencias (de leche de vaca, oveja o cabra) y combinarlos con carnes frías, pan, mermeladas o ates al gusto.

 El paquete. Una experiencia única para tu pareja incluye los maridajes de quesos “Gouda añejo con higos y cerveza artesanal”, “Crottin de cabra con miel francesa y una botella de Chablis Saint-Jean”, “Morbier con avellanas y nueces y una botella de Malbec Héritage” (2 mil 450 pesos todo el paquete).

 También pueden adquirirse estos productos por separado y a su elección. Por ejemplo, una pieza de queso Crottin de Cabra (110 pesos) y una botella del vino blanco Chablis Chateau (826 pesos). Todo puede comprarse u ordenarse a domicilio en Marché Dumas (Alejandro Dumas 125, Polanco, Tel. 5280 1925).

 ¡Que tengan un feliz maridaje de vino y amor!