Melón de mi corazón 


 Las tardes calurosas, el canto matutino de los pájaros y los primeros brotes de las jacarandas nos recuerdan que ya está próxima la llegada de la primavera.Estos días en que al mediodía hemos alcanzado una temperatura de hasta 22 grados, nos vamos olvidando poco a poco de los caldos y capuccinos para dar lugar a las ensaladas y frutas.

Justo por ese calor que ya está aquí , hace unos días una amiga me compartió dos rebanadas de melón verde. A la primera mordida sentí cómo se me refrescaba hasta el alma y recordé una anécdota que viví hace muchos años y que aún llevo en el corazón.

Un mes de abril, días antes de mi primer viaje a Japón, hice un paseo familiar por Guanajuato. Llegando a Celaya, en distintos puntos de la carretera vendían costales de melón verde. Recuerdo que decidimos comprar uno pensando en la comida de celebración que tendríamos al día siguiente. Un costal con 5 o 6 melones nos costó aquel entonces sólo 20 pesos. La dulzura y frescura de su pulpa fue el postre perfecto después de nuestra parrillada.

 Dos días después de ese festejo familiar yo me encontraba en la cima de una montaña frente al mar pacífico de Japón, participando en una especie de retiro. En la cena de bienvenida, el anfitrión dijo a los extranjeros ahí presentes que esa noche nos servirían un “menú vegetariano de lujo” para celebrar nuestra llegada. No recuerdo del todo los alimentos que ofrecieron, pero sí la preciosa estética minimalista de su presentación.

 Y lo que también quedó grabado para siempre en mi corazón fue el postre: una rebanada de melón verde (con su cáscara) dispuesta sobre una blonda y un blanquísimo plato de cerámica.

 Al probarla, de inmediato recordé todas las rebanadas de melón que había disfrutado 48 horas antes en Guanajuato y no pude resistir –con todo y pena– voltear el melón del lado de la cáscara. Mi sorpresa fue mayúscula al leer en la calcomanía, aún pegada, la leyenda “Hecho en México”. De regreso en Tokio, entramos a un supermercado y al observar los precios exorbitantes de la fruta y los preciosos envoltorios en que vendían los melones, entendí por qué esa única rebanada de melón servida en la montaña había sido un alimento de “celebración”. Y recordé con tristeza a los jornaleros mexicanos a la orilla de la carretera vendiendo sus melones a 4 pesos.

 En la actualidad, un melón estándar en Japón cuesta cerca de 90 pesos. Uno importado de Corea alcanza los 130 pesos. Mientras que, en nuestro país, un kilo cuesta alrededor de 22 pesos.

 El 70% de la producción nacional de melón verde o “valenciano”, como lo conocemos, se destina a la exportación. El mayor comprador es precisamente Japón.

 Los japoneses aman y valoran mucho el melón, cuyo sabor incorporan en una amplia variedad de dulces y postres. Para entender qué tan valorado está, les platico de la costumbre llamada Ochugen (regalo de verano), que consiste en regalar algo significativo a las personas que han ayudado a lo largo del año a quien hará el obsequio. Se trata de agradecer o devolver favores a jefes, médicos de cabecera, clientes o profesores. Y es que en julio los japoneses reciben una especie de aguinaldo de medio año. Las grandes tiendas disponen mesas especiales para mostrar las opciones de Ochugen con regalos preciosamente envueltos, que van desde algo sencillo, como una lata de café gourmet hasta lo más exótico y caro como los “Melones de Kumamoto”, cuyo precio puede alcanzar unos 300 dólares. Regalar un melón de esos es más preciado que cualquiera de las delicatessen occidentales que aquí conocemos, como las trufas o el caviar; es casi como regalar una joya, semipreciosa, pero joya al fin.

 También se encuentran otros melones menos finos que vienen dentro de lindas cajas de madera con certificados de calidad, listos para regalar, cuyos precios oscilan entre los 450 y los 800 pesos. Por supuesto que se trata de especies gourmet que se cultivan bajo altísimos estándares de calidad en los que nada queda al azar. Todo está controlado para que resulte una fruta de lo más dulce, jugosa y pura.

 Aunque claro, los japoneses comunes y corrientes como usted y como yo, disfrutan en su mayoría de nuestros melones, los que llevan la etiqueta “Hecho en México” y cuestan alrededor de 150 pesos. Una nota publicada en el Excélsior el 14 de febrero da cuenta de la excelente cosecha de melones que habrá este año, muchos de ellos producidos en el municipio de La Huacana, Michoacán, desde donde se exportaron más de 7 mil toneladas a Japón y Estados Unidos el año pasado.

 Esta primavera, incorporen a su menú el melón verde #Hecho en México. 

¿Qué tal una entrada de “melón valenciano con jamón serrano”? ¿O una “granita de melón con licor de naranja” cómo está? 


 

Mango pudding

 

La primavera me inspira. El colorido de las flores me invita a crear dulces momentos. Hace unos días me topé con esta flor tropical y silvestre. Al admirar el contraste de sus colores, inmediatamente vino a mi mente la idea de un postre fresco y sencillo: pudding de mango y zarzamora. En la naturaleza todo es un motivo para mi dolcealterego.

La receta la he tomado del canal de YouTube: “Cooking with dog”, un portal japonés de video-recetas cuya presentadora elabora platillos orientales (acompañada por un perro), de manera ágil y demostrativa, en pocos minutos.

Aquí el enlace del video.

Ingredientes:
-1 taza de puré de mango (250 ml.)

-50 ml. de crema para batir

-el jugo I/2 limón

-150 ml. de agu

-50 gramos de azúcar

-1 cucharada sopera de gelatina en polvo

-Mango fresco

-Crema Batida

-Zarzamora fresca o mermelada de zarzamora.

Procedimiento:

En la  licuadora hacer un puré con la pulpa del mango y el jugo de medio limón.

Elabora un almíbar con el agua y el azúcar (ajustar la cantidad de azúcar según el grado de dulzor del mango). Añadir la grenetina en polvo hasta integrar bien.

Agregar este almíbar al puré de mango. Mezclar y añadir los 50 ml. de crema para batir. Verter la mezcla en copas o tazas y refrigerar.

Decoración: montar la crema restante y decorar al gusto con rebanadas o trozos de mango y mermelada de zarza.

Disfrutar.

 

 

Pavlova con mango y arándanos 

Las jacarandas en flor, el sol brillante, una suave brisa y el canto de los pájaros conforman la escena con la que despertamos esta recién estrenada primavera quienes habitamos en la Ciudad de México.
Como nativa del trópico disfruto especialmente las estaciones de calor. Mi ánimo se eleva considerablemente a tono con la temperatura y me entusiasma hasta el colorido de las flores que encuentro a mi paso. El contraste de sus colores me inspira para preparar postres frescos y aireados y pienso en mousses, espumas, gelées y merengues.

De niña amaba comer “suspiros” (bocados ligeros de merengue). En la pastelería de mi calle los disponían en una charola y uno debía desprenderlos del papel manteca. Al llegar a México me enamoré del gaznate, ese rollo de harina delgada y frita relleno de merengue fresco. Los paseos por el barrio de Coyoacán no eran tales si no me compraba al menos uno. Años después conocí las “Islas Flotantes” y el elegante postre australiano “Pavlova” que hoy he preparado, inspirada en las flores moradas como las jacarandas que inundan las calles de la Ciudad de México, así como por el contraste del amarillo y el morado que tanto me gusta en los arreglos florales.

 Los mangos maridan muy bien con las cremas debido a sus propias sustancias lactonas. En esta Pavlova de mango y blueberry, los ácidos de ambas frutas se mezclan sorprendentemente con la untuosidad de la crema pastelera y el dulzor del merengue.
 Todo el conjunto explota en boca de manera fresca y equilibrada, igual que el sol y la brisa de esta primavera que ahora disfrutamos.
  
Tomé esta receta del libro “Tartas y pasteles de queso”, de Anne Wilson.
 En la imagen, la receta completa. Ojalá la prueben. Feliz primavera 2016.

La efímera belleza del Sakura japonés y sus dulces delicias

Entre marzo y abril el paisaje japonés se tiñe de un rosa sutil gracias al florecimiento del Sakura, el árbol de cerezo que florea sólo estos dos meses del año, durante las primeras semanas de la primavera, cuya efímera belleza es altamente valorada y honrada por los japoneses.

Seguramente quienes no han estado en Japón han contemplado esas flores en estampas y postales turísticas. En su honor, los japoneses realizan el Festival Hanami (contemplación de las flores) en el que amigos, compañeros de oficina y familias se reúnen en los parques para hacer un picnic a la sombra de los cerezos en flor y celebrar el renacimiento de la naturaleza.

cerezos-en-flor-en-japón-en-primaveraFoto tomada de Japonismo.com

Los cafés, tiendas departamentales, pequeñas boutiques y estaciones del tren adornan sus entradas e instalaciones con motivos alusivos a la pequeña y elegante flor, que también es utilizada profusamente en la repostería y confitería tradicional con creaciones y delicias que obviamente se ofrecen como edición limitada.

Los reposteros confeccionan pasteles, mousses, galletas y gelatinas con sabor y color de Sakura. Los confiteros elaboran delicados dulces típicos a base de harina de arroz y los colorean de un “soft pink”. En la actualidad, incluso se pueden encontrar los clásicos macarrones franceses con color y sabor de Sakura.

La cadena Starbucks lanza cada año un edición especial. Este 2016 ofrece el Sakura Blossom & Strawberry Frappé (su bebida especial) y el Sakura Chiffon Cake, un panque suave y aireado con topping rosa y decoración de flores (también la marca de sodas Pepsi ha lanzado esta primavera su bebida rosa especial “Sakura”).

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Durante la temporada del Hanami se producen toda clase de artículos con estampados de flor de cerezo, desde pañuelos de mano y kimonos hasta incienso con aroma de Sakura.

El sabor de la flor es muy peculiar. Muy al contrario de lo que uno podría imaginarse debido a su color de tono pastel, resulta un tanto agridulce, algo salado y ligeramente picante. Se trata de un sabor umami: imaginen un tomate maduro y jugoso que tiene toques de dulce y ácido a la vez.

En estos días llegaron a mis manos estas dos delicias japonesas, propias de la temporada. El primero es un dulce de harina de arroz con relleno de frijol dulce y, el segundo, unos cristales de azúcar color rosa Sakura. Ambos se comen para acompañar y mitigar la acidez propia del té verde, sobre todo cuando se sirve amargo.

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Delicadas delicias, suspiros que no duran más que dos bocados, trozos de la exquisitez nipona.

 

Quiche de calabaza en pan integral

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¡Ya casi es verano! Los días soleados que invitan a comenzar el día más temprano y con mucho ánimo están por llegar, y pienso en las múltiples posibilidades que las frutas propias de la estación nos ofrecen para endulzar el alma.
En esta época se antojan los alimentos ligeros y frescos, por eso hoy les comparto un quiche muy sencillo y sabroso, perfecto para desayuno o brunch.

Ingredientes:

  • 12 rebanadas de pan integral
  • Aceite de oliva para untar los moldes
  • 200 gramos de crema ácida
  • 200 gramos de queso maduro rallado (gouda, manchego, edam)
  • 1 calabaza grande (zuchinni) rallada
  • 3 huevos
  • Pizca de sal
  • Nuez moscada
  • Perejil en polvo

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Preparación:

Quitar corteza y aplanar con la ayuda de un rodillo cada una de las rebanadas de pan integral. Colocar en una charola para muffins, moldeando en forma de canasta. Pincelar ligeramente con aceite de oliva.
Con ayuda de un globo mezclar crema y huevos. Añadir sal, nuez moscada y perejil.
Colocar en cada canasta de pan un poco de queso, luego la calabaza y por último rellenar con la mezcla de crema y huevo. Espolvorear perejil como adorno.
Hornear a 180 grados por 20 minutos. Dejar enfriar unos 10 minutos y desmoldar. Ofrecer en capacillos.

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Dulce pascua de zanahoria

¡Huevos de chocolate, conejos y zanahorias! Es semana de Pascua, se vuelve imprescindible preparar un postre alusivo a la festividad y ¿qué mejor que el clásico pastel de zanahoria?
Mi receta favorita, como casi siempre, es la de Le Cordon Bleu, la famosa escuela francesa de gastronomía. A diferencia de la mayoría de las recetas de pastel de zanahoria, ésta resulta en un pan menos húmedo ya que sólo contiene zanahoria rallada y no lleva piña ni pasas. Y, aunque lleva más de 200 gramos de nueces, su elaboración con el método esponjoso lo vuelve suave y delicado.
El frosting , de queso y mantequilla, esta aligerado con un poco de crema batida.
La decoré de una forma sencilla, con tan sólo unas figuras de caramelo en forma de zanahoria, pollito y orejas de conejo. ¡Felices pascuas!

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Bocado de tarta fresca a la antigua

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La primavera ya está aquí y me siento inspirada para crear frescos y dulces momentos para mi familia.

Hace años tomé un curso de cocina francesa en la hermosa Casa Lamm de la colonia Roma. Quedó grabada para siempre en mi memoria culinaria una de las recetas que aprendí: la “Tarta de frambuesas frescas a la antigua”, que consiste en una base crujiente, mermelada de frutos rojos, crema batida y frambuesas frescas espolvoreadas con azúcar glass.

Tiempo después, al tomar mis clases formales de repostería, supe que en aquella ocasión habíamos elaborado la tarta antigua con una base de pate sucreè y que también existe una masa llamada pate briseè, usada generalmente para tartas saldas, como el quiche lorraine, pero que también puede emplearse en las dulces.

Desde entonces he preparado la mayoría de mis tartas dulces con pasta briseè, con la intención de disminuir la cantidad de azúcar en la base e intensificar el sabor y la acidez de las frutas sobre la superficie.

Cada año, al llegar la primavera, mi mesa se ve engalanada con una tarta, ya sea completa al centro, individual en el plato de cada comensal, o minis, sobre una linda bandeja, como he hecho en esta ocasión. Completar un menú primaveral a base de pescados o aves y abundantes vegetales con estos petit fours, sin duda les dejará un dulce, terso y fresco sabor de boca.

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¡Feliz primavera!

Ingredientes (para 25 piezas):

  • Una receta de pate briseè (gramos)
  • Mermelada de naranja, piña, o chabacano (yo usé esta última)
  • Crema batida endulzada ligeramente con glass
  • Frutas varias al gusto (supremas de naranja, mango, fresas, uvas, etcétera)
  • Azúcar glass para espolvorear (opcional)

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Aplanar la masa hasta alcanzar un grosor  de y formar discos de un tamaño tal que embone en los espacios de una charola para mini muffins. Hornear en método ciego completo unos 15 minutos hasta que queden doraditas. Enfriar.

Rellenar cada tartita con un poco de mermelada (la cual endulzará e impermeabilizará la base). Con una manga pastelera, añadir un poco de crema batida y acomodar las frutas de manera individual. Espolvorear con azúcar glass. ¡Disfrutar!

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